Análisis Qué se juega Chile en las elecciones presidenciales

Isabel Pla, Fundación Avanza Chile

Ocho candidatos compiten por la Presidencia de la República de Chile el domingo 19 de noviembre. Si bien siempre cabe una razonable incertidumbre, todo indica que ninguno de los ocho obtendrá el 50 por ciento más uno que exige nuestro sistema democrático para ser electo; y que el próximo mandatario se definirá en un balotaje el 17 de diciembre.

La disputa real será, entonces, entre el expresidente Sebastián Piñera, representante de la coalición Chile Vamos (centro derecha); y Alejandro Guillier, un popular periodista, electo senador hace cuatro años y hoy abanderado presidencial de la oficialista coalición Nueva Mayoría (centro izquierda y Partido Comunista). De acuerdo a las últimas encuestas publicadas en el país, antes del cerco que impuso una ley promulgada el año pasado (15 días antes de las elecciones), el próximo domingo Sebastián Piñera obtendría por sobre el 40 por ciento de los votos y Guillier por debajo del 30 por ciento.

Es una elección particularmente determinante para el futuro de nuestro país. Por primera vez, desde el retorno a la democracia en 1990, Chile se enfrenta a dos caminos que parecen irreconciliables, en una definición precedida por años de polarización.

En marzo de 2014 Michelle Bachelet regresó a La Moneda, para cumplir un segundo mandato presidencial. Sus marcas registradas han sido, primero, su notoria izquierdización respecto de su primer período, con la influencia predominante del Partido Comunista en las decisiones políticas más trascendentales. Luego, un discurso inspirado en la visión de un Chile quebrado por la desigualdad, víctima de “los poderosos de siempre” (el slogan de su Gobierno, para difundir una controvertida reforma tributaria). Y un plan de reformas estructurales, de especial simbolismo para una izquierda más purista y anclada en el pasado, que abandona la tradicional moderación socialdemócrata que primó en los años de la Concertación y ha impactado negativamente a la economía.

Desde que asumió el actual Gobierno se ha duplicado la deuda pública y se ha reducido el crecimiento a la tercera parte, poniendo a Chile en una situación desmedrada respecto del liderazgo que ostentó hasta 2013 en América Latina. Ello ha generado malestar e incertidumbre en una enorme clase media, que percibe que le han sido arrebatados espacios de libertad y de prosperidad conseguidos a través de su propio esfuerzo y mérito en las últimas tres décadas.

Por esas razones, tanto la presidenta Bachelet como sus reformas han mantenido por más de tres años un alto rechazo ciudadano, siendo el Gobierno con peores índices de aprobación desde 1990. Ello incidió en las elecciones municipales de 2016, en la cual el centroizquierda obtuvo sus peores resultados de los últimos 30 años (mientras que el centroderecha obtuvo sus mejores resultados).

Lo que está juego el domingo es, por tanto, el rumbo de Chile no por los próximos cuatro años, sino más probablemente por la próxima década.

Uno es el camino que representa Alejandro Guillier, como continuador de Bachelet (“mi misión histórica es tomar el relevo del Gobierno de nuestra Presidenta"); promete la profundización de las reformas, la conversión de servicios del Estado en “derechos sociales y garantizados” y mayores restricciones a la participación del mundo privado y de la sociedad civil en áreas como la educación y la salud. En materia económica, el candidato oficialista ha mostrado carecer de equipos sólidos y reputados, con un programa débil y, sobre todo, ambiguo, cuando arriesga en un balotaje el respaldo de una izquierda aún más radical, que respalda hoy a Beatriz Sánchez (candidata del Frente Amplio, el símil chileno del Podemos español).

El otro, es el camino que representa Sebastián Piñera, cuyo proyecto político busca combinar principios como la libertad, la justicia, el progreso y la solidaridad, reimpulsar la inversión y el empleo, crear una red de respaldo para la clase media, desde el nacimiento hasta la vejez, y revalorizar el mérito como motor de superación social. A ello le suma la experiencia de ya haber presidido Chile, donde más allá de los complejos movimientos sociales del 2011, tuvo un país que creció a tasas históricas, creó más de un millón de empleos, rescató a los 33 mineros desde las entrañas de la mina San José y, adicionalmente, pudo conducir la reconstrucción del quinto peor terremoto que se tenga registro, ocurrido el 27 de febrero de 2010 apenas 11 días antes de asumir la presidencia.

Hay, sin embargo, una promesa aún más esencial y que es, probablemente, la que de verdad marca la diferencia entre ambos caminos. En los últimos días, que es cuando se asoma con más claridad el corazón de un proyecto presidencial, Piñera ha logrado instalar que el suyo será un gobierno de unidad y que su propósito fundamental es la búsqueda de acuerdos con todas las fuerzas políticas que estén dispuestas a ser parte de ellos, para superar aquellas barreras que el país arrastra desde hace años y que nos separan del pleno desarrollo económico y humano, de una cultura de auténtica igualdad de oportunidades.

Dicho de otra manera, lo que espera el abanderado de Chile Vamos es dar el punto de partida a un nuevo ciclo, que supere de manera definitiva el quiebre político, que nos ha mantenido divididos durante 40 años. Si para las nuevas generaciones el eje Dictadura-Democracia parece ya agotado, si la polarización entre derechas e izquierdas en los últimos años solo ha cosechado retrocesos y malas noticias, el expresidente Sebastián Piñera tiene hoy el liderazgo, el respaldo ciudadano y la oportunidad de abrir un ciclo nuevo, con enormes expectativas para un Chile que espera más que la disputa entre dos bandos y que el domingo va a definirse, esencialmente, entre progreso o estancamiento e incertidumbre; entre futuro o pasado.

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